Maldito Palahniuk

Si David Foster Wallace hubiera sido un macarra se habría llamado Chuck Palahniuk. Uno de esos que te asaltan en mitad de la calle y tras escuchar que no tienes suelto te dicen que muy bien pero que te van a mirar los bolsillos, por si las moscas…
Y te los miran.
Y luego se despiden y te dicen gracias, chaval.

Porque Palahniuk es un destructor que sólo pretende ridiculizarnos, demostrar que nuestras existencias son patéticas al tiempo que suelta una carcajada. Encima tiene nuestra complicidad. Palahniuk no aporta nada, construye nada. Vive de nuestro desapego, del desapego de los cínicos, de la fría distancia que tratamos de abrir entre nosotros y todas las cosas que determinan nuestra vida, a fin de que ninguna de ellas pueda dañarnos. Porque nosotros los cínicos preferimos vivir con una sonrisa postiza antes que reconocer que nos agobiamos cada noche después de apagar la luz. Ofendernos, enfadarnos, decir que Palahniuk es una porquería, nos rebajaría al nivel de la gente que se indigna con el trato de un camarero. Palahniuk es ese viejo colega que te engaña con la cocaína, se acuesta con tu novia, se queda en tu casa tres semanas. No puedes hacer nada. Es un colega.

Wallace fue un humanista empeñado en que sus análisis sirvieran para mejorar la vida de la gente, un amasijo de ansiedad que se suicidó porque no podía soportar la dictadura del cinismo que encumbraba a un tipo que cada libro que escribía era peor que el anterior, una tendencia que en Palahniuk quedó más disimulada que revertida tras la publicación de novelas como Rant: la vida de un asesino o Pigmeo. Luego fue complicado hacerlo peor.

MalditaPalahniuk

Ahora Palahniuk lanza Maldita, la continuación de Condenada, la segunda parte de su infernal trilogía. Y se ríe aún más de nosotros y lo hace con redoblada crueldad. Ya no se conforma con hacernos sentir como idiotas cada vez que caminamos por las calles de un centro comercial. Ahora Palahniuk trata de ir más lejos y se cachondea de nuestras esperanzas más íntimas, de nuestro deseo de salvación en esta vida y en la siguiente… Y lo hace más exagerado, descontrolado y gratuito que nunca. Las páginas en las que la pequeña Madison destroza aquel pito que asoma por el agujero de un lavabo público resultan… Además, todo el mundo sabe que Palahniuk se desenvuelve mejor en el relato que en la novela. Lo demostró en Error humano, el cuento que explica el día en que conoció a Brad Pitt. Fue entonces cuando se convirtió en nuestro colega. Palahniuk trabajaba en una fábrica, en una cadena de montaje: el éxito de El club de la lucha fue inesperado y fulgurante. No le dio tiempo a que se le subiera a la cabeza. Hasta entonces todos sus proyectos fracasaron. Editores, productores, gente de la industria, se lo llevaron a Los Ángeles. Allí lo alojaron en un hotel de lujo.

La noche antes de conocer a Brat Pitt, Chuck se miró al espejo y se sintió muy poca cosa, se dijo que si se afeitaba la cabeza parecería más duro. Palahniuk llevaba lustros soñando aquel momento. Se aplicó una crema y se afeitó la cabeza con una maquinilla. Al poco comenzó a escocerle. Miró el envoltorio y vio que había empleado una crema depilatoria de efecto inmediato, una de esas que hacen que el pelo se caiga solo. Al pasarse la maquinilla se desolló el cogote. Pronto el dolor se hizo terrible. Palahniuk conoció a Pitt con la cabeza toda despellejada, toda colorada, toda vendada. Como un capullo gigante.

Las cosas, escribió después, nunca son como te las imaginaste. Sus novelas tampoco. Pero es un colega. Y vuelves a leerlo. Aunque lo único que haga es reírse de ti. Traté de comentar algunos de estos aspectos con Palahniuk, pero insiste en no responder a mis correos.

TEXTO:            BENVENUTY
IMÁGENES:     ALLAN AMATO, literatura random house
letrabrick
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