Amy

Aunque con bastante retraso (¿qué esperabais? ¡Somos letraBRICK!), esto pretendía ser una revisión en condiciones de la película-documental Amy, the Girl behind the Name, pero ya hay demasiadas críticas muy serias y muy buenas sobre ella (y os recomiendo especialmente ésta). Así que haré una revisión un poco más personal de la (y me lanzo ya a la piscina) genial cinta de Asif Kapadia, porque como decía la propia Amy, “no escribiría nada a no ser que estuviera directamente relacionado conmigo”.

Amy me ha fascinado desde que mi hermano me obligara (casi literalmente) a escuchar “Tears dry on their own” hace ya muchos más años de los que me puedo creer. Desde entonces no pude dejar de escuchar en bucle su segundo álbum, Back to black, y de imaginar qué haría si me la encontrara en algún bar de Candem en aquellos meses en los que mis colegas y yo, benditos éramos, nos dedicábamos a combinar chupitos de sambuca con pintas de Stella para amortizar bien nuestras contadas pounds. Sobra decir que no me la encontré, pero mi curiosidad aumentaba. Nunca he sido muy groupie, pero algo pasaba con ella: era real, conmovedora. Su música se te cuela dentro sin preguntar ni cómo estás, y te lo cuenta todo de ella. Te traslada a la barra acolchada de algún bar oscuro y con mucho humo, donde las dos estáis bebiendo lingotazos de bourbon mientras escucháis a Billie Holiday y pensáis, sin hablar, en lo que duele la vida. Quieres ayudarla, pero no sabes cómo, de modo que seguís bebiendo…

En cuanto pude fui a verla en directo, en el Rock in Río de 2008 en Madrid. Es verdad que se tiró bebiendo vino todo el concierto y que se tambaleó en algunos momentos, especialmente al cambiarse los tacones por unos zapatitos planos, pero eso la hacía todavía más grande. No en vano estamos hablando de una cantante que desde su debut con Frank a los 20 años cosechó las mejores opiniones de los críticos, fue comparada con mitos como Sara Vaughan o Dinah Washington y se ganó la admiración sin reservas de algunos de sus ídolos musicales (no hay más que oír a Tony Bennett al final de la película). Ganó seis Grammys con solo dos discos publicados, y quién sabe hasta dónde la habría podido llevar ese talento arrollador (tan arrollador que acabó por llevársela a ella misma por delante).

El caso es que no tuvimos la misma suerte en el BBK de 2011, donde, ya en plena caída libre, los managers no tuvieron más remedio que cancelar la gira europea. Y un mes más tarde, durante la celebración un cumpleaños multitudinario, nos enteramos de que había muerto por una ingesta brutal de alcohol. Primero pensé que era un bulo de esos que corrían por las páginas donde se apostaba a cuánto tardaría en palmarla, pero resultó que era verdad. Me dio tanta pena que me fui a casa. Ya no me apetecía celebrar nada. Tenía los mismos años que yo (nos llevábamos exactamente 13 días), y ya no estaba. Había pasado a engrosar la lista del Club de los 27, junto con otros artistas malditos que murieron a esa edad y en parecidas condiciones, como Jimi Hendrix, Janis Joplin o Kurt Cobain. Mi colega descarriada finalmente había tirado la toalla, y no me importa reconocer que cuando volví a Londres después de su muerte fui con una amiga a su casa y lloré un rato en el parque de enfrente mientras apurábamos una botella de tequila a su salud.

Porque mientras yo no podía más que imaginarme su vida a través de su música y de las noticias que tan a menudo se publicaban sobre sus farras, su realidad debía de ser bastante parecida a una montaña rusa con paradas en el cielo y en el infierno, y eso es lo que se ve a la perfección en la película: sus interiores sin adornos, narrados por algunas de las personas más cercanas a ella y con un material documental, de verdad, acojonante.

Kapadia consigue desarmar al espectador y tenerle con el corazón en la mano desde ese vídeo inicial en el que se ve a la pequeña Amy cantándole cumpleaños feliz a una amiga en su fiesta de cumpleaños, y el relato fluye tan bien a partir de ahí que casi ni te das cuenta de la ingente labor de documentación y organización que hay detrás de la cinta. El realizador británico entrevistó a más de cien personas para obtener un relato plural, y vaya si lo consigue. Sin necesidad de una voz en off o de bustos parlantes que miren a cámara, las personas más cercanas a Amy van desgranando los distintos detalles de su caída a los infiernos mientras vemos vídeos, fotografías y cuadernos personales de la cantante (todo facilitado por la propia familia de Amy) que dejan al descubierto su personalidad frágil y arrolladora. Así, poco a poco, vemos cómo una chica brillante y tímida que solo quiere cantar sus temas frente a un pequeño auditorio se convierte en una mujer atormentada por sus adicciones y fagocitada por su propio personaje.

El documental, por supuesto, no es inocente y señala a los principales culpables: el padre de la cantante, Mitch Winehouse, y su marido, Blake Fielder-Civil, así como el conjunto de la prensa amarilla, que la acosaba hasta en sus retiros para desintoxicarse. El espectador desearía en más de una ocasión tener un bate de béisbol y a cualquiera de los susodichos a tiro para tomarse la justicia por su mano, pero desgraciadamente no es así. El padre, qué duda cabe, renegó de la cinta en cuanto la vio e hizo unas declaraciones muy duras en las que rechazaba la película, pero en las que aun así afirmaba que merecía la pena verla por el material biográfico que mostraba. Y del marido… qué decir. Paradójicamente puede que fuera quien más daño le hizo en vida, pero también es cierto que sin él Amy no habría compuesto el álbum que la metería para siempre en la historia de la música contemporánea. Y es que las grandes pasiones de Amy la devoraron y la encumbraron por igual, en una suerte de rueda maquiavélica de genialidad. Porque como dijo Nietzsche (y después repetiría Jim Morrison, otro miembro ilustre del Club de los 27): “Es necesario llevar el caos dentro de uno mismo para crear una estrella danzante”.

En conclusión, y con ánimo de no desvelar más detalles de la historia, recomiendo la película. Mucho. Y el lector tal vez pueda sospechar que no soy objetiva al dar esta opinión, pero la prueba irrefutable de que merece la pena es que me encantó a pesar de detestar el final.

Lo mejor: que la disfrutarán tanto los fans de Amy como los que no lo son: no siempre se tiene la suerte de poder mirar a un genio cara a cara.

Lo peor: que la vida es una mierda.

TEXTO:            AURORA AGUILELLA
IMAGEN:         WWW.TEASER-MAGAZINE.COM 
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