Me estoy convirtiendo en un capullo

 

Gary Shteyngart, también conocido en su barrio como el señor mierda.

El autor de “Pequeño fracaso. Memorias” lo reconoce abiertamente. “Sí, es cierto…, poco a poco me estoy convirtiendo en un capullo”. Al parecer ahora la vida del señor mierda es mucho más dulce, ahora las cosas le van bien, disfruta de los placeres de la estabilidad, se encuentra la mar de a gusto en su pellejo y sus zapatos.
Jonathan Franzen y James Franco aparecen en el book-trailer de mi último libro, ¿entiende? ¡Estoy en lo más alto! ¡Cada día tengo más cosas que perder!”.

Sí. Franco está divino en albornoz rosa haciendo de amante de Shteyngart, búsquenlo en el YouTube… (o pinchen aquí ). Franzen lo borda como psiquiatra del atribulado escritor. Todo es la mar de neoyorquino y súper mega cosmopolita.
Aquellos tiempos en los que los compañeros de clase del pequeño Gary lo apodaron como el señor mierda por culpa de la fonética de su apellido (y porque no hay nada como humillar a quien no se puede defender), ya quedaron del todo atrás. Shteyngart ya no tiene nada que ver con aquel niño confuso, enfermizo y debilucho recién llegado de la Unión Soviética.
Y anuncia en estas líneas que nunca más volverá a escribir ni un párrafo sobre inmigrantes perdidos en Nueva York. “Pequeño fracaso. Memorias” culmina su particular catarsis. Por cierto, pequeño fracaso es el cariñoso epíteto que empleaban sus padres para llamarlo una vez que dejó claro que quería ser escritor, que sería escritor, que ya lo era. Antes le llamaban mocoso.
“A partir de ahora sólo escribiré sobre mujeres muy atractivas –añade destilando esa mordaz ironía destinada a guardar distancias de seguridad con todos aquellos que nos puede hacer daño–. Me estoy documentando mucho, es un trabajo muy duro”. Porque nada que no nos importe puede hacernos daño.

“Ahora me preocupo por mi consumo de carne roja, por mis niveles de colesterol… Sí, tengo un hijo de apenas un par de años, cada vez tengo más cosas que perder… me estoy convirtiendo en un capullo. Pero también es cierto que aún no lo soy del todo. Porque no me gustan las vacaciones ni los resorts. Además, no colecciono nada, no esquío, no juego al golf, no tengo aficiones…”.
“Pero tengo que reconocer que una de las razones por las que doy clase de literatura creativa en la Universidad de Columbia es su excelente seguro de salud –añade cambiando el tercio-, y encima tengo una segunda residencia. No está en los Hamptons. En realidad está en un sitio muy humilde, más bien feo, pero…”.
Una pena. Una verdadera pena. A veces da gusto encontrarse con alguien que entiende que la literatura consiste básicamente en lamentarse mucho, hacer un detallado inventario de las propias miserias y, sobretodo, ajustar cuentas con el pasado, con esos recuerdos de infancia y adolescencia que treinta años después continúan enrabiándote. Posición alejada a la de pretender convertirse en un faro, referente iluminado y explicativo de lo que en estos momentos tan cruciales está ocurriendo en nuestra sociedad. Con Franzen, Amis y Houellebecq tenemos más que suficiente.

“Aún quedo con mis amigos una vez al mes para beber vino del Priorato, fumar porros y quejarnos –agrega bajando la mirada-. Pero supongo que al final me pasé al enemigo…”.
Sí, bueno… a buen seguro que esa investigación sobre mujeres atractivas no es más que un farol, su penúltima ocurrencia a fin de animar sus entrevistas promocionales. No, este tipo pequeño y rellenito no puede ofrecernos nuevos análisis sobre el islamismo o el cambio climático. “A fin de cuentas el objetivo de la literatura ha de ser entretener, aunque se logre a través de la tristeza”.
A buen seguro que muy pronto el autor de “El manual del debutante ruso”, “Absurdistán” y “Una súper triste historia  de amor verdadero” sucumbirá de nuevo ante sus viejos fantasmas y volverá a escribir sobre niños soviéticos y encima judíos recién llegados a Nueva York, sobre el miedo, el desconcierto, el rechazo… Sobre la necesidad de sentirse querido y aceptado.
Necesito ser amado con tanta desesperación que estoy al borde de la locura”, puede leerse en Pequeño fracaso. De ahí la ironía que envuelve todas sus palabras, de ahí el cinismo y el sarcasmo que siempre nos protege y ayudan a mantener una distancia de seguridad con todo aquello que puede dañarnos. Aunque el precio sea anestesiarnos.
“Y entonces te conviertes en escritor –dice Shteyngart, ahora con un rictus muy serio-, porque las personas felices no tratan de convertirse en escritores…, y esperas que tus libros gusten, esperas de este modo que algún día al final te acepten”.

En el siguiente vídeo de apenas unos segundos Gary Shteyngart hace un saludo muy especial a los lectores y lectoras de letraBRICK.

TEXTO:                BENVENUTY
IMaGEN:             BRIGITTE LACOMBE
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