Los panes y los peces-polla

Más interrogantes acerca del enigma acuático de esta pegatina (a la par que grafiti) con la recién multiplicación de obra y autores

¿Y quién no quiso ser alguna vez salmónido, retar a la gravedad y desovar en las montañas? ¿Quién no quiso ser alguna vez, simplemente, un vertebrado acuático, cambiar pulmones por branquias y extremidades por aletas? ¿Quién cree todavía que las llaves perdidas tras una noche de farra están en el fondo del mar?

 

Dice Jonás que hace de oficinista, que tiene unos 40 tacos, padre de hijo e hija, gran bebedor de cuentos y de cierto talento prodigioso fuera del currele. Pinta y pega peces por Barcelona. Su ballena es una simple bolsita de plástico del Caprabo repleta de bichos. Es relevante destacar que todos los peces están hechos a mano, es decir, son únicos. “Cuando voy a algún sitio donde no tengo ganas de ir, me digo, bueno, al menos por el camino voy a pegar peces”. Se ve que cada vez tiene menos ganas de ir a los sitios porque la ciudad empieza a saber de su arte. Es sigiloso porque no solo ha costado dar con él sino que cuesta sonsacarle cualquier detalle de la historia. Al final reconoce que todo empezó hace cosa de tres años y pico, de vuelta de unas vacaciones en Marruecos, contesta por Facebook. Antes los dibujaba in situ con un vulgar rotulador, de esos super-anchos, hasta que fue asaltado por miembros de la policía montada. Ahora los dibuja tranquilamente en su casa, bajo la atenta mirada de su familia, encima de una pegatina. Con esta sutileza puede acabar mejor las expresiones de los peces, dejarlos más bonitos, y además, “como son adhesivos, a quien no gusten siempre podrá quitarlos”, reflexiona el hombrecillo detrás de sus gafas oscuras. Jonás se dibuja rubio, aficionado a los puzzles y apasionado de Caravaggio, el pintor renacentista italiano. “¡Son mis peces! ¡Son únicos!”. Lo son, lo sabe, pero cual Wayne-Batman, Parker-Spiderman o Kent-Superman tiene que aprender a estar callado. Que no manco. Sus teorías sobre la calle y los más desfavorecidos van más allá de la caridad. Según detalla en un blog, el espíritu debe tener cola y forma. Y lo demuestra con sus peces. “Un día vi escrito al lado de uno de ellos: «Son peces-polla», ¡y me encantó! Ciertamente tienen cara de”, confirma este fuera de la ley. Ha estado más de una vez arrestado, según fuentes policiales, pero siempre se ha ofrecido voluntario para limpiar las paredes de edificios, persianas de comercios y mobiliario urbano arbitrario. “No quiero ser un lastre para la comunidad”, proyecta, solemne, a medio sonreír, cogiendo con la izquierda la taza de su inseparable café de las 8. De la mañana o de la tarde. Es que es todo un poeta.

No se conocen, pero el otro Jonás es portero de un edificio de la parte alta, y en sus ratos libres, taxidermista. Empezó a dibujar peces por puro entretenimiento, entre horas muertas y tareas de jardinería básica y gestiones de conserjería de guardia. Sus hijos ya son mayores pero jamás antes había dado a conocer su alter ego. De hecho no está muy seguro de por qué se ha decidido a hablar esta vez. “Es mi legado; se trata de lo único que he inventado en la vida”, advierte. Una tarde quedó ensimismado con un artículo de prensa sobre grafiteros de peces y le gustó saber de otros autores que, como él, callaban con el personaje y solo hablaban a través de la obra. Le faltaba esta segunda parte, y todo empezó con un amigo de un amigo… Explica en su cuenta de Facebook que en realidad no se llama Jonás pero que le gusta el apodo por lo de la ballena y tal. “Es su justa metáfora”, calibra. Asegura tener toda su obra fotografiada y cartografiada, como una invitación a entrar en la pesadilla, un medido carpesano de anillas que esconde a cal y canto en un cajón de la mesilla de noche. Apenas su familia sabe algo.

El tercer Jonás de este relato es periodista local, en prácticas, en uno de esos periodicuchos a punto de desaparecer. Le encanta patrullar las calles en busca y captura de las noticias más desconocidas del barrio, aunque ya intuye que la profesión entendida como tal está al borde del precipicio “por falta de credibilidad”, argumenta. Y remata: “Yo tampoco me creería según qué cosas. Cuesta encontrarse reporteros por la calle, ahora están todos en un despachito, a tres plantas por encima del nivel del suelo, esperando para almorzar”. Quizá por eso empezó con lo de los peces-polla. Reconoce que es el mejor momento de la semana. “Siempre llevo unos cuantos en los bolsillos”. Es un monumento a la transgresión, un grito a la libertad: “Las penas se apagan con agua de mar, la mirada se cura con ojo de pez”. Detrás de una foto antigua en Instagram, vestido con perilla minimalista y americana caqui, esboza detestar el pensamiento único. En la carta, secreta por supuesto, destaca que a veces deja caer los peces al suelo sin engancharlos, para que cada cual… Suma y sigue: “Tenemos ciudades demasiado grises, falta alegría acuática”.

Los tres Jonases aparecieron en esta historia por la inercia del reportero que firma esto: uno en la red una madrugada aburrida, el otro en busca y captura de una calle mal dicha y el tercero por gajes de este oficio. Todos necesitan pasar desapercibidos porque, si bien el hábito no hizo al monje, el misterio sí hace al mito. Comprenderán que no anote más pistas, claro que hoy en día el anonimato es cada vez más relativo desde que blogueros especializados en arte urbano de la talla de Jordi Barceloneta, veteranos archiveros underground del palo Gustavo Santos o poliédricos coleccionistas de fotos como Álvaro Carmelo los han descubierto y consignado. ¿A quién creer, pues? A todos. El auténtico autor tiene partes de cada uno de nosotros. Todos llevamos un monstruo dentro. Todos llevamos una sonrisa dentro. Todos llevamos un pez-polla dentro. Sí, estos bichos salieron del océano como aquellos anfibios que se aposentaron en la orilla primero, al árbol después, y a la ciudad, a la pared y a la pantalla, aunque ninguna red podrá pescar jamás al autor de los peces porque ahora se han diversificado las fuentes, se han multiplicado las probabilidades, se han infinitado los motivos. Larga vida a las cosas importantes. Larga vida a los peces.

 

En el siguiente vídeo podemos ver a uno de esos pez-polla en acción:

TEXTO:             di sastre
IMÁGENES:        CARNÍVORO, GERMAIN DAVID DE FUNÈS,  di sastre (BLOGSPOT: LOSTBARCELONA Y BARCELONASTREETART)
letrabrickTwitter, Facebook , Instagram
Anuncios