26 J: LOS CIEN METROS LISOS MÁS LARGOS DE LA HISTORIA

Desde que Podemos empezó a practicar el entrismo televisivo inoculando a las audiencias susepuede en los meses anteriores a las elecciones europeas de 2014, hemos asistido a un cambio de estilismo en los partidos y a un aumento de la biodiversidad en el ya selvático ecosistema de los formatos televisivos. El turnismo PP-PSOE, después de décadas enteras coronando la pirámide alimentaria, nos había convertido en espectadores ameboides nutridos por cadenas con programas políticos parecidos al plancton. Y la llegada de tan variada y novedosa dieta televisiva nos activó la glándula del cambio, una glándula que segrega mucha saliva y que todo político en activo desea saciar, aunque sólo sea para saciar el hambre. Consumimos aquellos anabolizantes mediáticos esperando que la musculatura política de nuestro país aumentara de cero a cien en pocos meses y los anabolizantes se fueron acumulando en nuestro organismo hasta el día de las elecciones del 20 de diciembre, momento del antidoping. Los resultados electorales, como en un control de alcoholemia, dieron positivo y sus estrecheces aritméticas acabaron demostrándonos que nuestra glándula del cambio resultó ser finalmente nuestro hígado, ese órgano fileteable en el que se acumulan todas las sustancias que nos emborrachan. Así que, cuando empezamos a combinar porcentajes para imaginar posibles gobiernos y miramos las criaturitas que alumbraban las alianzas, vimos unos engendros a los que les faltaba la cabeza, una pierna, dos piernas, una mano, un brazo o un pie. Y nos dijimos que eso no era musculatura sino más bien deformidad o carencia. Ahora, esos mismos monstruitos, efectos secundarios del 20 de diciembre, han echado a andar o a arrastrarse, cada uno según su condición, pero todos con cojeras y prótesis, dispuestos a darle otra vuelta de tuerca a los formatos televisivos para ofrecernos en prime time retransmisiones deportivas de una nueva modalidad de competición: el atletismo de la parálisis, un espectáculo que sólo será soportable si seguimos con nuestra dieta de anabolizantes mediáticos. Algunos dirán que esto está por acabar, que sólo queda la última prueba: los 100 metros, la prueba reina. Pero lo que no saben o no quieren saber es que nuestros atletas políticos son capaces de batir todos los records. Pueden ser los 100 metros lisos más largos de la historia.

Rajoy corre los 100 metros como el que juega al escondite inglés. Cuando el país se pone contra la pared, distraído con un Madrid-Barça, él aprovecha el descuido, da unos pasitos hacia delante y, cuando nota que nos damos la vuelta, se queda otra vez congelado, como si le hubieran dado al pause en el mando a distancia del plasma que lo trae a nuestra dimensión. Así, en bucle, durante meses. Rajoy piensa que puede llegar a la meta de las elecciones como sus votantes a las urnas: con andador. Si la España que no le vota (toda menos 7 millones) quisiera borrar del mapa al PP, bastaría con seguir la estrategia de inacción que él mismo predica, repetir las elecciones indefinidamente y esperar a que sus votantes mueran. La esperanza de vida sería la esperanza de ver desaparecer al PP. No nos llevaría más de 10-15 años. Lo malo es que a ese ritmo, España acabaría convirtiéndose en una comunidad autónoma del Estado Islámico y Cospedal llevaría burka y peineta. Y eso no debemos consentirlo, porque ése es el sueño de Cospedal: ser una persona en diferido. Mientras tanto, en la pista y a lo tonto, Rajoy sigue corriendo los 100 metros con su técnica del escondite inglés. Casado y Hernando, desde la grada, no se cansan de animarle repitiendo aquello de “PP o barbarie” cuando en realidad quieren decir “Por mí, Por todos mis compañeros y por mí el Primero”. Al mismo tiempo, Rita Barberá, esa Vilma Picapiedra de peluca congelada, se olvida que esto es un campeonato de atletismo y sigue comportándose como si estuviera en los toros: se abanica su escote latifundista, acalorada por los juicios a su alrededor, y nos recuerda con cada una de sus perlas la filosofía del partido: “Yo no he hecho nada”, creyendo que todos sus interlocutores son fiscales. Al final va a resultar que el eslogan que busca el PP es “Estatismo o barbarie”, porque el camuflaje ha resultado ser la única forma de ataque que han practicado. Sólo les falta decir Be water, my friend y levitar sobre las estadísticas de desempleo como Jesucristo sobre las aguas.

El PSOE, sin embargo, corre los 100 metros lisos como si fueran una maratón. Y no sólo por su manera de trastocar el sistema métrico decimal (convirtiendo los metros en kilómetros, como cuando extendían cheques para las autopistas), sino porque siempre hay alguien en medio, estorbando, como en las maratones. Pedro Sánchez sabe que su carril no es su carril, porque en él se cuela todo cristo: Rivera, Iglesias…, hasta Rajoy. Pero su objetivo no es ganar la prueba. Lo que a él le quita el sueño es evitar el esguince. Aparece en la pantalla porque el realizador le da paso, ajustándose su pantaloncito como si estuviera posando para un anuncio de Lacoste, concentrado en que se le vean bien las piernas y el paquete. Él pensaba que con quitarse la corbata íbamos a licuarnos ante su gesto de Ken. Pero si no nos postramos a sus pies como Barbie, víctimas de la geometría de su mentón, es por lo que tiene de robótico, de impostado. Como en el porno, en la política llega un momento en el que los actores de plástico acaban siendo mecánicos, aunque sean perfectos. Y para las cosas del folleteo virtual (las elecciones son puro folleteo virtual) uno prefiere en la pantalla a alguien alcanzable: una vecina de al lado, el repartidor de publicidad, un compañero de la oficina… Incluso a uno de Podemos. El tema está en que el votante pueda decir: “a ése yo podría follármelo”. Es el momento en el que notas que has conectado con tu electorado. En eso parece haberse convertido la intención de voto para los asesores de Sánchez. No sé yo si ésa era la proximidad para la que estaba pensada el socialismo.

A Izquierda Unida, que tenía el audífono estropeado o sin pilas, le pilló por sorpresa el pistoletazo de salida en este tramo de historia electoral 2.0 y, después de un acople que casi les perfora los tímpanos, sólo fueron capaces de oír un machacónsepuede, sísepuede, sepuede que venía de las gradas y casi les deja sordos. Dijeron que sí a la convergencia con Podemos porque sabían que si no se dejaban fagocitar por la criatura morada les iban a tener que poner un radiolocalizador como a los linces de Doñana. Garzón e Iglesias creen que la unión les puede llevar al tan ansiado sorpasso, pero los resultados son una incógnita porque hace tiempo que los vasos comunicantes de los votos han dejado de funcionar. Quizás porque han dejado de ser eso: comunicantes. Iglesias tuvo que sonreír después del 20 de diciembre, a pesar de quedarse a bastantes cientos de miles de votos del PSOE, y el brindis con Garzón, tercio de Mahou en mano meses más tarde, sonaba a punto y  final del crecimiento de la espuma. El sprint a lo Usain Bolt que hicieron los creadores de la Tuerka ha terminado y parece que el tramo final que los separa del 26 de junio tendrán que correrlo a cámara lenta. A los ingenieros de campaña de Podemos, esa especie de atletas concebidos en un centro de alto rendimiento, se les empieza a agotar la munición electoral. Aquellas bombas de racimo como casta, puerta giratoria y los de abajo, que nos hicieron sentir que la tele era como un videojuego bélico, ya no mutilan miembros como antes. No se sabe muy bien si por pericia de los tédax del bipartidismo a la hora de desactivar el artefacto morado (lo dudo) o por una caducidad u obsolescencia programada que tiene más que ver con Facebook y Twitter.

Rivera echa a correr hacia donde sea, qué más da derecha o izquierda, cien metros lisos o cien metros vallas. Él sigue confiando en la empresa privada y en el centro en un país en el que los grandes negocios siempre se han hecho a costa del estado y donde el extremismo, si no es un vicio, por lo menos es una costumbre. Le da igual que le llamen Falangito o que le recuerden que tuvo el carnet del PP. Él se abrocha la chaqueta en plena carrera con un solo dedo y sigue anunciando dentífrico con Inés Arrimadas, Cleopatra liberal de oscuro y brillante cabello que levanta los más bajos instintos de la alta burguesía votante. Lo que no sabemos es si el dentífrico que anuncian Arrimadas y Rivera es sólo para quitar las manchas del esmalte o también previene contra la caries. Nueve de cada diez psiquiatras entrevistados recomienda no usar esa pasta de dientes porque se corre el riesgo de que te convenzan. Ciudadanos promete photo-finish ultrablanco y encías rosadas.

Pero estos cien metros lisos, los que pueden ser los cien metros lisos más largos de la historia, los que nos conducen al 26 de junio, no serían nada si no los retransmitiera la cuñadísima voz de Bertín Osborne, acariciador de caballos y anfitrión de una azotea deshabitada desde la que él pontifica con la estructura narrativa de un chiste de Arévalo. Los nubarrones del Banco Central Europeo se dejan ver ya a lo lejos y las borrascas presupuestarias de Bruselas avanzan hacia la península con rumor de aquelarre y amenaza de tinieblas. Bertín nos regala una de sus sonrisas acolmilladas y coge el micrófono. Sabemos que ha llegado el momento. El estadio está a punto de rugir. Los televisores relampaguean. Decibelios y anabolizantes. España quiere más.

 

TEXTO:             antonio ferrer
IMÁGENES:      buenaforma.org
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