Ciento volando

 

Son los ejemplos y no las lecciones lo que sirve. Aquí van unos cuantos. Imagínense Llagostera, un pueblecito de poco más de 8.000 habitantes a media hora de Girona capital y a otra del Mediterráneo, dentro de uno de los territorios más extremos del país. Entre los bares más populares del enclave hay pocas esquinas: El Modoni, l’Enrenou, el Plan B… La iglesia gótica de Sant Feliu corona el montecito de un municipio que nació en los mapas de la historia moderna hacia el 855dC y que en la actualidad lo más destacable ha sido la subida y la bajada de los infiernos de su equipo de fútbol. El pueblo está rodeado de multitud de campos, acompañados de las masías típicas catalanas. En una de ellas, Can Gascons, llevan 6 años ya con uno de los festivales rurales de música alternativa (y algo de electrónica) más auténticos que se conocen, básicamente porque aquí te olvidas de las colas y las masificaciones. Colega, el Festival ERA es césped, caminos de carro, dos escenarios entre árboles, una larguísima barra donde antes hubo un pajar para aparcar los tractores, unas caravanas para los bocatas y las tapas, un mercadillo para el trueque, un huerto a pleno rendimiento, un corral con gansos, ovejas, gallinas y conejos, una piscina para el relax de los artistas y los profesionales, párking y cámping gratuito y muy buen rollo. Mola.

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Paula, Cris e Ingrid han llegado temprano. De hecho, llevan desde ayer acampadas y están leyendo a Chéjov. Tampoco tienen prisa Luis y Laura, que acaban de llegar a unos 60 minutejos de empezar el primer concierto, a eso de las 5 de la tranquilidad. Eso sí, es de esos julios en los que cada tarde amenaza lluvia, o cuatro gotas. Hay espacio para todos: Silvia y Jorge son de Barcelona pero están en el coche de al lado con las ventanas abiertas discutiendo no sé qué de qué tú has hecho y yo no. En la entrada, a parte de los seguratas y los uniformados con cara de pocos amigos, están los miembros de la organización cuenta que te cuenta tíckets, tarjetas de bebida o simplemente repasando la lista de invitados. Cada media hora llega y se va el autobús amarillo Moritz que trae una docena de personas por viaje desde la estación del tren más cercana, en Caldes de Malavella. Pasan las horas y se acercan más curiosos, pero apenas se forman aglomeraciones. Hay espacio de sobra. Este año hay mucha gente del mismo pueblo de Llagostera. Cris y Ramon han venido a acompañar a un amigo urbanita de Barna. Hay un tipo con la camiseta de Boca y otro con la de la Juve, y un tercero viene preparado con una serie de máscaras de animales, típica locura de los festivales de verano. Hace calor. Lluc, un vecino de masía, también vendrá cuando entren en acción los Suicide of the Western Culture, unos habituales de este tipo de eventos rurales que hasta se traen a su familia con ellos. Dos chicas vestidas absolutamente de amarillo promocionan el Ballantine’s de Brasil, mientras otras dos, una búlgara y otra colombiana, hacen grafitis en una de las paredes sobre animales. Los ambulancieros Judit, Xevy y Esther están preparados para cualquier tema en el punto de control, al lado del cámping. De momento todo el mundo quiere fiesta. De momento todos quieren pájaro en mano.

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Esto es ruralmente único“, reza el cartelito que da explicaciones de quién es quién. El pum pum de los conciertos acompaña el anochecer en una espectacular tardecilla con un apoteósico y natural Joan Colomo, sancelonense por excelencia, un cantautor que recuerda vagamente a Lou Reed, a Pau Riba o a Albert Pla, según se mire, según el día. O los Hola a todo el Mundo (aka HATEM), una catársis de diversión y payasos de la tele, a medio camino de la era poppy madrileña, el new wave portátil y la Literatura dickinsoniana. O los londinenses SOHN, instalados en la electrónica vienesa, de una lírica notable y ataviados con máquinas de tambores analógicas y… ¿sintetiqué?. Ay si despertaran los Strauss, el padre o el hijo, da igual. Asimismo nadie se quiere perder al cuarteto madrileño Sorry Kate, ni Guillermo, ni Gustavo, ni Jaime ni Roberto. Collage pop por un tubo. Y suma y sigue, tronco. No verás nada igual. Se trata no en vano del festival de los pequeños detalles, del ejemplo de cómo divertirse dentro del bosque sin despedirte de los pájaros, porque mejor que tener uno en la mano es poder verlos a cientos y volando.

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